Una Cosa y la Otra

Buda, Amberes, Panamarenko y La Habana, óleo de
Rigoberto Mena
VITALIDAD DEL ABSTRACCIONISMO HOY
Cambio de Bola, exposición de Rigoberto Mena
Enrique Román
Ya son pocos los que recuerdan el debate que, en torno
al abstraccionismo, sacudió nuestros medios artísticos y
políticos a finales de los años cincuenta. Aunque el
tono intentó siempre ser conversacional, el
abstraccionismo entre nosotros encontró, no sólo las
incomprensiones que suelen acompañar a las vanguardias
artísticas, sino la objeción conceptual de
personalidades que, coincidentemente, también militaban
en otras vanguardias.
Hoy estos debates son aguas pasadas. La estatura
intelectual y la impresionante honestidad de los
polemistas permitieron sobreseer el tema. El
abstraccionismo, como toda otra forma de expresión
artística, encontró su espacio en la política cultural
proclamada por la Revolución. El movimiento al que dio
consistencia el grupo de Los Once en 1955 --precedido
por otros artistas--, pasó a formar parte de la historia
de la pintura cubana
Realmente no todos los nombres de ese movimiento inicial
sobrevivieron. Ni todos continuaron siendo abstractos.
Pero el paso por él fue uno de los peldaños que
necesitó, por ejemplo, el polifacético Raúl Martínez
para encontrar el destacado sitio que hoy ocupa en
nuestras artes plásticas. O el necesario para que
Antonia Eiriz nos haya dejado su cruda huella en la
pintura cubana. O para que Fayad Jamís sea no sólo el
poeta de Los Puentes, sino un pintor estable e íntimo,
cuya obra plástica requiere ser revalorada.
La plástica cubana ha conocido un desarrollo abrumador
en cantidades y calidades, en intenciones y en escuelas,
en personalidades y en estilos. De ahí que ella muestre
hoy una diversidad que es la fuente de su impresionante
riqueza.
En todo esto pensé al visitar la última exposición de
Rigoberto Mena (Artemisa, 1961) [1]. Todavía no sé por
qué llegué tan tarde a su obra, ni permanecí tanto
tiempo al margen de la vitalidad de que hoy da muestra
el arte abstracto en este autor. 20 exposiciones
personales y 30 colectivas habían precedido a la actual,
y la bibliografía crítica de su obra, normalmente
elogiosa, es profusa.
Cambio de bola es el último episodio de una obra
continua de la que se pueden extraer, perfectamente,
varias de las mejores muestras del abstraccionismo
cubano de hoy y quizás de todas las épocas.
He sido por mucho tiempo espectador entusiasta de las
artes plásticas, pero me he abstenido casi siempre de
hablar o escribir de ellas. Recuerdo cuando Mirta
Aguirre, en los años 60, me aclaraba: la poesía hoy es
cada vez más cercana a las artes plásticas, y las artes
plásticas a la música.
Como se sabe, es muy difícil traducir en palabras una
apreciación de la música. Sólo pocos lo logran, y los
intentos impresionistas únicamente son interesantes
cuando el crítico es interesante, lo cual no siempre
sucede.
Por eso sólo me atrevo a subrayar algunos hechos de
interés en esta muestra, que ayudan a definir esta
exposición de Rigoberto Mena.
Cambio de Bola, aunque para el autor sea un título
difícil de explicar, es una descripción correcta de
varias de las obras expuestas --del momento creativo de
su autor-- en comparación con su excelente exposición
pasada, De la nada al infinito.
Los cuadros que ahora tienen mayor interés, creo, son
los que más se diferencian de su presentación anterior
(En la superficie, Orgasmo cósmico, Buda, Amberes,
Panamarenko y La Habana). La composición perfecta, el
equilibrio en el color, la serenidad de obras que
reflejan otro concepto del espacio y de la economía en
la administración de los recursos expresivos, que no
llega desde luego al ascetismo.
Pregunté a Mena cuánto había en ellas de su inicial
formación como diseñador gráfico. Porque en los cuadros
citados era apreciable, inmanente y no tan subterráneo,
un parentesco con el funcionalismo y la racionalidad del
buen diseño industrial o, simplemente, gráfico.
No son lo único que vale de la exposición. Allí también
hay obras (Sin escala, Convivencia, Mañana se resuelve)
que nos aproximan, y no es un hecho nuevo en él, a
texturas cercanas, las que encontramos a diario en las
paredes carcomidas de viejos edificios, obra no del arte
premeditado, sino del tiempo y de los rigores del
ambiente. Descubrir esa belleza invisible, inusitada y
diaria, y agregarle recursos nuevos, como trozos de
fotografía digital o una caligrafía casi automática,
agrega méritos a varios de los cuadros presentados.
O finalmente, aquellas que sirven para confirmar la
afirmación del propio artista: “Veo a veces cómo me
acerco a la raya que en el piso me marca el límite con
la irracionalidad”.
Utilizando una expresión francesa, es cierto que el
abstraccionismo ha hecho correr mucha tinta. Pero contra
lo que algunos opinen, sigue siendo una fórmula, válida,
hermosa, compleja y expresiva, para que artistas como
Rigoberto Mena nos introduzcan en su profundo universo
peculiar y nos trasladen el goce que sólo el arte
indiscutible puede ofrecernos.
[1] Cambio de bola, en la Galería La Casona, Plaza Vieja
de La Habana
diciembre 20, 2005